Sin importar cuáles sean las diferentes opiniones teóricas sobre el tema (si debemos hacernos cargo de parroquias o no), es un hecho que un número muy importante de frailes, en todas las regiones del mundo, están comprometidos en el ministerio parroquial. Muchos insisten, con razón, en que es obviamente un lugar importante donde se puede desarrollar el ministerio de la predicación y donde se afronta de manera concreta la vida de la Iglesia. Muchos dicen también, y es un eco de lo que se escucha de parte de los mismos feligreses, que es importante darle a este ministerio la tonalidad propia de la « predicación dominicana ». Sobre esta base, los interrogantes de los frailes son muchos: ¿qué podemos brindarle a la pastoral parroquial a partir del testimonio de la vida comunitaria que nos caracteriza? ¿Cómo puede aportarle esto a la parroquia para constituirla como comunidad de creyentes y, en un sentido más amplio, a la edificación de la Iglesia como comunión? ¿De qué modo nuestra vocación a la predicación podría hacer de las parroquias que tenemos a nuestro cargo, lugares de irradiación evangelizadora por medio de la participación y la formación de los laicos? ¿Cómo insertar cada vez más la exigencia del estudio dentro de la pastoral misma? ¿De qué modo manifestar que la misericordia es la fuente tanto de la predicación como de la comunión fraterna?  ¿Estamos llamados a retener durablemente una parroquia o sería conveniente saber reconocer, más a menudo, cuando ha llegado el momento de entregarla a la diócesis para poder así dirigirnos hacia otros lugares o realidades que tendrían más necesidad de nuestra presencia? ¿Podríamos entablar un proceso de evaluación sistemática de nuestros compromisos parroquiales? ¿Las fraternidades sacerdotales dominicanas, donde existen, podrían ser un medio alternativo de contribución de la Orden a la pastoral parroquial?

(Relatio de Statu OrdinisTrogir, n. 63)