ENCUENTROS SANTA SABINA 2005

Abriendo puertas y perdiendo miedos

El acompañamiento desde las violencias

personales, sociales y culturales

 

 

Maria Julia ARDITO, OP

Psicóloga, sexóloga y psicoterapeuta

 

Maria Julia, hermana dominica de Argentina, vive en una comunidad con dos hermanas

argentinas, dos quechuas y una aymara. Es co-directora del centro de espiritualidades

EMAUS. Trabaja con los indígenas quechuas y aymaras, en la formación y en el

acompañamiento espiritual y psicológico de las victimas de la violencia social y política.

 

 

COMISION INTERNACIONAL DE JUSTICIA, PAZ Y INTEGRIDAD DEL LA CREACION

Convento Santa Sabina – Plaza P. d’Illiria, 1 – 00153 Roma (Italia) – Tel. 0657940656 – Fax 065750675 –

jp@curia.op.org

 

 

Casella di testo:

  

TITULOS:

1- ABRIENDO PUERTAS Y PERDIENDO MIEDOS

2- EL CENTRO DE ESPIRITUALIDES MEAUX

3- TERNURA Y TRANSGRESION

4- VIOLENCIA SEXUAL

 

 

 

De la Revista TESTIMONIO, Chile, 1999

 

1 - ABRIENDO PUERTAS Y PERDIENDO MIEDOS

Crisis de la medianía de la vida

 Quisiera comenzar, apoyándome en una invitación hecha por Mercedes Navarro en

1997”....tengo el deseo de que cada una de las personas que tienen entre 25 y 40 años, y

han adoptado la vida religiosa como forma cristiana de vivir el evangelio, narren su

experiencia, la cuenten a otros, a fin de que cunda el contagio”.(1-El desafío del ideal. Pag

110 Frontera Hegian 1998)

Convencida de que confiándonos, compartiendo y narrando nuestra vida, es como

vamos creando historia liberadora , solidaria y humana, es que me animo a contar desde

mi experiencia lo que veo, siento, deseo, amo, creo, vivo ...

 En esta pascua, caminando en medio del pueblo aymara de Ilave, Puno, Sur de

Perú, compartiendo con las mujeres campesinas, y haciendo su vía crucis el viernes

Santo, y celebrando al resucitado el domingo, volví a leer, meditar, y rezar el texto de

Juan 20,19-23

“... Se presentó Jesús en medio de ellos y les dijo: “la paz con

vosotros”.

Dicho esto, les mostró las manos y el costado. Los discípulos

se alegraron de ver al Señor.

Jesús les dijo otra vez: “la paz con vosotros.

Como el Padre me envió, también yo os envío”.

Dicho esto , sopló sobre ellos y les dijo:

“Recibid el Espíritu Santo. A quienes perdonéis los pecados,

les quedan perdonados: a quienes se los retengáis, les quedan

retenidos.”

  

Esta vez me ha sorprendido de manera especial. Encontré expresado, en los

gestos de Jesús, el “ícono” de la realidad existencial que atraviesa esta generación de la

mitad de la vida.

Los sentimientos de los discípulos al verlo son de paz y alegría . Y ¿A quién ven?.

Al que tiene en su cuerpo las marcas que la historia hizo en Él.

 Las manos y el costado, lugares tan relacionados con el mundo de los afectos, las

relaciones, el compromiso con otr@, intimidad, secretos... No dice Yo soy, no es la

palabra la que tiene fuerza, aquí se da a conocer mostrándose en su cuerpo.

 

Quizás por eso la paz y la alegría, porque es el momento más plenamente humano

de nuestro “Dios”. Un Dios que se da a conocer en su cuerpo, y éste marcado. Un cuerpo

en el que está presente la huella del dolor, de la injusticia, del abandono, de la muerte. Y

los signos de la resurrección, de la Vida Nueva, de la gran potencialidad de nuestra

humanidad.

 

Allí en Él la síntesis, allí la convivencia de los contrarios: dolor, vida, muerte

resurrección. Allí en Él la asunción serena de esto humanamente incomprensible.

Quizás en esta etapa de la mitad de la vida, nos hacemos más conscientes,

experimentamos y comprendemos:

 

- que las “marcas” son , señales que llevamos por

haber permitido que la vida y los otros nos surquen: familia, amig@s,

instituciones, pueblo...

- de que lo plenamente humano es vivir en esta

permanente “convivencia” de contrarios: débil, fuerte, rico y

necesitado, solo y comunitario, angustia y paz , el muerto es

resucitado, herida y fuente de vida...

- que no es cuestión de pelear, ni luchar contra nadie;

ni buscar culpables .

- que solo si perdonamos nuestros “pecados”, vamos a ser misericordiosos con la debilidad de los demás. Sentimos la asunción e integración de nuestro yo sin miedo, ni vergüenza de las huellas de nuestro cuerpo.

 

 

Desde aquí nos sabemos y sentimos iguales y por lo tanto solidarios, de los otros

hombres y mujeres. Y vivimos el nuevo envío, desde esta experiencia existencial se hace

nueva la misión, ya sin tantas ataduras ni “puertas cerradas”, con más libertad, seguridad,

empatía y misericordia.

 

 

El Espíritu gime desde dentro, pues se ha dado una nueva creación.

Vivimos de otro modo las palabras en Juan 15,11 “Os he dicho esto para que mi

gozo esté en vosotros, y vuestro gozo sea colmado”. Y Jn. 16,22 “… y vuestra alegría

nadie os la podrá quitar...”

 

 

Pero entiendo que llega aquí quien se ha animado a vivir intensamente, y se ha

dado la oportunidad de mirar, reconocer, tocar, sanar su historia, y descubrir en ella la

capacidad de renovación y creación.

 

 

 

Esto es visto desde la mitad de la vida, pero tratemos de descubrir cual es la

oportunidad que nos brinda esta etapa de los votos perpetuos hasta los 40 años, para

poder vivir esta experiencia de integración posterior.

 

 

 

Por lo general los votos perpetuos son realizados alrededor de los 30 años, y desde

mi experiencia de acompañamiento, se puede ver como dos etapas. Una hasta los 35

años, aproximadamente, y otra desde aquí en adelante. Lógicamente teniendo en cuenta

que no podemos generalizar, y que hay que escuchar y respetar las experiencias y

modos de ser particulares.

 

 

 

Primer momento: hasta los 35 años.

Se caracteriza en general, como etapa de afirmación personal e institucional y de

expansión del yo.

Buscamos encontrar nuestro “sitio”, siendo importante el lugar que externamente

nos es dado, tanto en el trabajo, en la pastoral, como en la institución.

La mirada, opinión, juicio, valoración de los otr@s incide de manera muy

importante, en nuestra autoestima y confirmación afectiva.

Sentimos mucha fuerza y energía para proponer, hacer, proyectar. Todo el proceso

de formación inicial que hemos tenido, entendemos que nos ha capacitado para ahora

ponernos en juego con autonomía.

 

Reconocemos que tenemos derechos institucionales y debemos ser protagonistas

de la marcha institucional, de otra manera. Percibimos que ahora es el tiempo de “rendir”.

Por ello es grande la diversificación, pastoral, laboral; y nuestro mundo de relaciones

suele girar en torno a ello.

 

 

Si la etapa previa de formación ha sido muy centrada en el mundo de relaciones

pares, en esta nueva, suelen “aparecer” características de personalidad diferentes a lo

que expresábamos en la casa de formación. Aveces esta experiencia puede haber llevado a bloquear ciertos rasgos de la personalidad, que luego en un contexto menos

resguardado y más diverso lleve a poner en situación y a desplegar potencialidades

inhibidas.

 

 

Algunos suelen aparecer más creativos, protagonistas, decididos. Como también

en otros casos este “salir” a una experiencia nueva les genera inseguridad, temor en

contraposición a lo que había vivido los años anteriores.

 

 

El mundo de relaciones se diversifica y amplia, como también las responsabilidades, incluso hasta puede llegar a vivir cargos institucionales de autoridad.

 

 

El tiempo y las energías son puestos al servicio del “Reino” con mucha

generosidad. Pero entiendo que hay un momento donde los cambios se producen de manera menos previsible y muchas veces traumática, y es luego de varios años de haber hecho los votos perpetuos, coincidiendo con la etapa de 35 años en adelante. Por ello me voy a explayar más en este período.

 

Desde los 35 años en adelante

 

 

Comenzamos a sentir una experiencia de rutina en lo que vivimos, cansancio,

menor entusiasmo. Y muchas veces una profunda soledad. Aún cuando quizá nada de lo

externo ha cambiado, ni la comunidad, los herman@s, el trabajo... La valoración y

demanda externa están óptimas. Pero internamente vivimos una cierta desilusión,

desasosiego. Y aparecen preguntas como por ejemplo:

¿Qué sentido tiene lo que hago, lo que vivo?

El trabajo y las relaciones son gratificantes pero conviven con una experiencia

interna de insatisfacción. ¿Qué me pasa? ¿ Por qué? ¿ Con quién lo hablo?.

Además no tengo claro qué es lo que me sucede. Si he intentado ser fiel,

responder con lo mejor de mí, si los demás me quieren, si he podido elaborar mis

relaciones afectivas... ¿Por qué ahora esto?

 

Aquí las reacciones pueden ser variadas. Asustarnos, no permitirnos los

cuestionamientos, y por lo tanto dar vuelta la hoja, dar justificaciones racionales, morales,

“espirituales”, olvidar y seguir adelante, no permitiéndonos tiempo ni espacio para

escuchar este grito interno. Hay mucho por hacer, y nos abocamos al trabajo.

 

Otros necesitamos tomar una decisión vocacional ya, entonces no nos permitimos

tener entre las manos estas señales, no podemos convivir con la angustia que nos

provocan estos cuestionamientos... Todos estos años he acompañado a otros, he

cuidado, asesorado, animado, consolado. ¿Y ahora qué es esto?

 

Quizás sea importante poder mirarnos, tocarnos, sentirnos, escucharnos, siendo

testigos de lo que va emergiendo de nuestro yo más interno.

Todo esto es una “buena noticia”. Quizá es uno de los momentos más ricos de la

vida. Comienza a modo de “crisis”, un nuevo nacimiento.

 

Entendiéndonos

Durante la vida hay períodos significativos en los que la estructura personal está

sometida al dinamismo de la “reconstrucción” o cambio. Sabemos que hay relación entre

los ciclos vitales y las crisis existenciales. Estas son períodos en que se está finalizando

una etapa de la vida e iniciando una nueva estructura de vida.

A estos períodos de transición o cambio algunos los denominan “crisis”, lo que

supone que el conflicto forma parte del desarrollo humano. Erikson las define como

períodos cruciales de elevada vulnerabilidad y de potencial intensificado.

Quizás en la primera mitad de la vida, nuestras energías estuvieron centradas en

desplegar nuestras capacidades, afirmando y consolidando así nuestro yo consciente. A

decir de Jung etapa de expansión. Siendo el “costo” de esta consolidación, la

postergación, descuido, de otras dimensiones de la persona. Quedando estas

“reservadas” a nivel inconsciente. No por ello siendo menos importantes y necesarias a

nivel vital.

 

Y es aquí en esta “segunda mitad de la vida”, cuando comienzan a reclamar sus

derechos de ser escuchadas, expresadas e integradas. Y esto es lo que nos molesta,

pues por lo general lo “escondido”, es lo menos controlable, lo menos racional, lo más

frágil, vulnerable, cercano al mundo de lo sensible, sexual, creativo, niño.

Es ahora, cuando debemos hacer consciente los depósitos y cualidades allí

escondidos, y ganar desde aquí nuevas fuerzas vitales.

 

Por ello es necesario priorizar y ajustarnos más a la realidad interior que exterior, la reducción a lo que es esencial. Lo que antes encontrábamos fuera ahora debemos encontrarlo en el interior.

 

Es el tiempo para acompañar delicadamente, sin imperativos morales, a “este”

mundo escondido dentro, para que salga a la luz sin temor y se exprese. Para luego

llegar a integrarlo como propio, y bueno. Animarnos a sentir y reconocer las

insatisfacciones que tenemos, las broncas y enojos, los temores y deseos sexuales, las

“dudas” que aparecen a nivel de nuestras motivaciones vocacionales, y en relación a la

pertenencia a este instituto. Y escuchar cuál es el deseo profundo de nuestro corazón,

aquel que puja para que busquemos ser felices.

 

Lógicamente este es un proceso que inicialmente es experimentado como

desorganización, confusión, oscuridad, inestabilidad, sufrimiento. Siendo nuestras

respuestas adecuadas o no, pero lo importante es animarnos a atravesarla, no como

castigo ni desgracia sino como oportunidad y regalo. Pues superada la crisis podremos

experimentar un crecimiento, mayor profundidad, libertad y maduración afectiva.

 

 

Algunas características de esta etapa

Se comienzan a dar cambios súbitos y considerables, en las ideas, en las

creencias, en las valoraciones, en las relaciones, en el cuerpo.

 

La realidad nos devuelve que nuestro cuerpo ya no es de adolescente o joven. De

allí cuestionarnos porqué como religiosos siempre aparecemos y deseamos mostrarnos

como para quien el tiempo no pasa. Desde el modo de vestirnos, pararnos, movernos,

hablar etc. Es común que encontremos entre nosot@s. niñ@s con arrugas. Vestimentas

que ocultan nuestra identidad, o que expresan la rebelde adolescencia. Y nos cuesta que

nos digan “señor, señora”.

 

Sentimos que hemos dedicado mucho tiempo a responder a la necesidad, reclamo,

demandas de los otros. Comunidad, congregación, pastoral, jóvenes, familias, parejas,

etc. Y nos cuestionamos quien realmente se ha ocupado de lo que nosotros necesitamos,

queremos, deseamos. Estamos rodeados de muchos, y sin embargo quién de ellos

sabe lo que vivimos internamente.

 

Descubrimos que nuestra autoestima y autovaloración están ligadas a los éxitos y

logros laborales, pastorales o del rol.

Sentimos que disminuyen nuestras “ilusiones”, la mirada es más realista en relación

a la posibilidad de cambios institucionales, en relación a la vida religiosa, a la Iglesia y su

estructura... y a los otros.

 

Vamos descubriendo que la creencia

 

de omnipotencia: todo lo puedo

de invulnerabilidad: nadie me hará sufrir.

de gratificación: satisfacer los deseos y anhelos.

de ideas de perfección: hacer todo bien.

no nos dieron la seguridad y felicidad que buscábamos nos hace sentir

decepcionados, confundidos, enojados.

Es en esta etapa cuando existencialmente descubrimos que la seguridad exterior

no existe.

Y surgen en nosotros algunos cuestionamientos :

¿Por qué no me siento feliz con lo que logré?

¿Qué sentido tiene mi vida? ¿Me gusta realmente lo que estoy haciendo?

¿Por qué decidí por este estilo de vida y no la vida de pareja, y formar una familia?

¿Por qué no tuve en cuenta mis deseos profundos, y me dejé llevar por lo que otros

esperaban de mí?

¿Por qué me exijo tanto, y tengo que hacer todo a la perfección?

¿Qué temo perder?

Y es el temor el que puede paralizar el proceso de liberación.

Quizá temor al cambio, pues implica abandonar lo conocido. Salir de “espacios”,

afectivos, geográficos, que nos daban cierta seguridad.

O a la pérdida de lugar y reconocimiento en la congregación, en la pastoral, entre

los heman@s.

A no ser valorad@, querid@ y desead@ sexualmente como varón o mujer. O quizá

a ser deseado como tal.

Temor al fracaso, la crítica, a ser reprobad@ a equivocarme.

Quizá el temor más fuerte sea, el encontrarme con mis propias debilidades.

Pero sentimos la necesidad de cambiar. Las antiguas estructuras de vida ya no se

adecuan a la evolución que está viviendo nuestro yo.

Son nuevos los deseos, las necesidades, y hay que tomar distancia de las

influencias externas del deber, perfección y dependencia que han gobernado nuestra vida.

Es ahora cuando lo que hemos postergado (capacidades, talentos y potencialidades innatas) va a pedir ser realizado, conforme a las convicciones íntimas y conseguir así una nueva identidad, más real y auténtica.

 

Lógicamente este proceso de liberación requiere de nuestra libre decisión personal, y puede ser que estos temores nos conduzcan a permanecer como hasta ahora, sin nada de riesgos. Y como estamos acostumbrados a postergar lo propio no sería muy difícil.

 

O buscar ansiosamente que los otros: herman@s, confesor, autoridad, amigo,

familia, “nos digan” lo que tenemos que hacer. Tod@s ell@s son muy importantes, pero

no para decidir por nosotros.

Y como también a este nivel hemos sido bien “domesticados” en aprender a

“Obedecer”, nos podemos acomodar y callar “fiel y legalmente” una vez más, reprimiendo

nuestras necesidades, vida e intuiciones internas.

Repitiendo, y acomodándonos así a lo esperado, recreando los estereotipos de

religios@ “fiel”.

Fidelidad a nosotr@s mism@s

Si no decidimos ser felices, nadie podrá hacerlo por nosotr@s.

La lista de culpables que podíamos encontrar años atrás, ahora no tienen la misma

fuerza. Ya no sirve. Aún cuando existan personas que han causado sufrimiento, dolor.

Ahora es el momento de hacernos totalmente cargo de nuestra vida y futuro. De nosotr@s

depende cómo queremos que sea. Tenemos que creer que podemos. Confiar en las

señales internas, ponernos en contacto con los sentimientos y animarnos a expresarlos. Y permitirnos equivocarnos en este intento de nuevo nacimiento. Disculparnos, y no

condenarnos.

Sino los riesgos y costos son altos, pues solemos ser testigos, a veces cotidianos,

de hombres y mujeres que no han podido dar este paso en su momento, y por lo tanto se

los ve tristes, dependientes, temerosos, niños, inseguros; rígidos, implacables en sus

juicios, exigentes, autoritarios... en definitiva, presa dependiente totalmente de la

confirmación, aceptación, reconocimiento, autoridad, afecto que los demás le dan. Es

una vida centrada fuera de sí.

 

Cómo asumir ésta etapa y sus desafíos

Algunas propuestas:

 

Entrar a nuestro mundo interno, como quien se permite acariciar cada zona de su

yo más profundo. Con una mirada cariñosa, y desde nuestro ser adulto, rescatar

sentimientos, deseos, temores, hacer un camino interior con la memoria del corazón.

Recorrer nuevamente nuestra historia de vida y vocacional, y los momentos en que

hemos tomado decisiones importantes.

 

Recogiendo no tanto lo que pensamos, cuanto lo que sentimos y deseamos.

Detectar que sentimientos nos provoca este estar solos con nuestro yo.

Animarnos desde aquí a ver , que valores, actitudes, creencias, relaciones, estilo

de vida y vínculos tengo que replantear , cambiar, encarar de otro modo.

Comprender que entramos en otra etapa de renovación y renacimiento, que se

presenta ahora la oportunidad de efectuar una serie de cambios que nos permitan crecer,

desarrollar y comenzar una nueva etapa de vida.

Por ello:

* Consolidar nuestra seguridad interior y la conquista de la libertad es el hecho

fundamental para superar la crisis.

* Conjugar nuestra realidad y necesidad interna, con la realidad exterior, y así

obtener las posibilidades reales. Aquí y ahora.

* Permitirnos “ensayar”, probar, explorar nuestras posibilidades y alternativas. Lo

que nos exige tener flexibilidad con nosotros mismos, “darnos permiso”.

 

Actitudes a proponernos:

a- Ejercer nuestros derechos a elegir y decidir nuestra manera de pensar, opinar,

creer y fijar objetivos basados en nuestras propias convicciones y no en los deseos y

convicciones de los demás. Y así aceptaremos también la diversidad de opiniones,

deseos y convicciones de los demás.

b- Ejercer nuestro derecho a elegir y decidir nuestro comportamiento, basado en

“hacer” por amor y no por deber, temor, complacer o querer derrotar a otros. Lo que nos

lleva a aceptar que los otros tienen sus propias conductas, que pueden ser distintas a las

nuestras.

c- Desprendernos de vivir para la imitación, comparación y competición.

d- Permitirnos expresar los sentimientos tanto los agradables: ternura, amor, como

los que no lo son, enojo, llanto, dolor.

c- No temer decir no a los reclamos y exigencias excesivas de los otros. Y una vez

que hayamos aprendido a decir no a aquello que va en contra de nuestras posibilidades,

podremos decir sí a las cosas que realmente deseamos y a las personas y circunstancias

valiosas para nosotros.

d- Poder aclarar nuestra conducta y el porqué de nuestras decisiones y acciones y

pedir perdón si cometimos errores pero no justificarnos. Sin necesidad de ocultar, mentir,

defender. Así podremos desear sin exigir, opinar sin juzgar, disentir sin pelear,

expresarnos sin criticar o calificar.

e- Aceptar nuestros errores y equivocaciones, para mejorar y no culparnos, ni

permitir que el pasado nos gobierne, domine, ni nos impida avanzar. Y así seremos

tolerantes, flexibles y comprensivos ante el error ajeno, y no lo culparemos, ni juzgaremos

severamente.

f- Transferir el poder externo que le dábamos a los otros a nuestro interior. Creer

en nuestra capacidad de autogobierno, y libertad. Esto nos lleva a poder adaptarnos con

más facilidad a los cambios, asumir situaciones de conflicto, ser más flexibles y sentirnos

confiados ante lo desconocido.

g- Asumir que es en la soledad donde nuestras deficiencias y carencias se ponen

claramente de manifiesto. Cuando somos capaces de permanecer solos, cuando somos

capaces de asumir nuestra separación, podemos hacer uso de nuestros recursos

individuales. Cuando el amor y la comprensión que dirigimos a los demás se apoyan en

un auténtico sentimiento del yo descubierto en el enfrentamiento con nuestra soledad,

obtendremos relaciones más significativas con los otros, basadas en la realidad y no en

las falsas esperanzas que otros nos habrían presentado como aquello por lo que

debíamos vivir.

 

 

 

Hacia la libertad y solidaridad

Así con el logro de esta libertad, tratando de ser un@ mism@, con nuestras imperfecciones, debilidades, pero también con el deseo de dar lo mejor de nosotros/as,

con alegría de vivir, con la suficiente autoestima y fe, iremos apuntalando la identidad

auténtica por la que luchar y vivir. Esta nos permitirá tener paz interior y relaciones más

armoniosas y satisfactorias. Encontrándonos así con un nivel de madurez en que

equilibramos, sin mayores tensiones, el corazón y la cabeza, la afectividad y la razón.

Donde integramos la sexualidad como “compañera de camino”, creativa, vinculante,

placentera y no como enemiga.

 

Es en esta etapa donde somos mucho más conscientes de que sólo podemos dar,

entregar a los demás lo que sintamos por nosotros mismos: solo puede amar en libertad

sin poseer, quien tiene la suficiente estima de sí. Una relación y amor que no va a

depender de la gratificación de necesidades, característica fundante de quien ha

madurado integralmente.

 

Es ahora cuando nuestras relaciones afectivas se convierten en lugar de

descanso, ternura, amor compartido desde una sencillez, necesidad, donación libre y

gratificante. Cada vínculo es vivido con intensidad y sin posesión. Donde cada un@ se

siente respetad@ y totalmente distint@ al otr@.

Es cuando nos capacitamos para convivir y compartir con el que es, piensa, y

siente distinto a nosotr@s. Y cuanto más diversa y “ajena” resulta la realidad y las

situaciones, más nos sentimos invitad@s a compartir. Perdiendo los temores e

inseguridades que antes nos generaba lo “distinto”. Lo diferente a nuestra congregación,

iglesia, cultura, tradición, costumbres.

 

Y desde aquí comenzar a sentirnos empáticos, solidarios e iguales a todo hombre y

mujer. Capaces de crear comunión con todos, fraternidad ampliada, más allá de las

fronteras propias, conviviendo y aprendiendo con lo totalmente diferente, sin temor.

Volviendo al inicio

Ahora si, como María Magdalena, es el momento “oportuno”, para la aparición del

Resucitado. Es el momento humano propicio para “entender”, que ya no necesitamos

verlo ni tocarlo. Él ya es en nosotros.

Por ello como decía al comenzar es la etapa de un nuevo envío.

 

La tierra ha sido preparada, y la experiencia del Resucitado ya nos es externa. El

es en nosotros. Ya lo adoramos en Espíritu y verdad. No es Él fuera de nosotr@s sino

que está tan dentro más que nosotr@s mism@s. Ya podemos entender a Magdalena,

Catalina, Agustín, el está allí. Sus sentimientos, su mirada, sus deseos, su pensamiento

van haciéndose nuestros. Su promesa ya se vive como realidad, “vendremos y haremos

morada en él” Jn 14,22. “Dios sólo ama a quien convive con la Sabiduría” Sap 7,28.

El que se ha animado a atravesar, sentir, llorar, recrear, perdonar, y tocar fondo en

esta etapa se capacita para vivir esa gustosa, placentera, creadora y serena intimidad

con Dios. Pues se ha animado a perder fama, poder, prestigio, seguridades externas, y

sin nada ni nadie volvió a elegir vivir la verdad de su humanidad que es la que eligió, amó

y vivió hasta las últimas consecuencias su Dios. Aunque su cuerpo haya quedado

eternamente marcado.

 

 

 

2- CONFERENCIA PRESENTADA EN EL ENCUENTRO NACIONAL DE CAPS

(centro de atención psicosocial)

Mayo 2004 en Lima

Vengo representando al Centro de Espiritualidades EMAUS, institución Civil de la cual

soy directora junto con el padre Simón Pedro Arnold. Decidimos llevar una dirección

compartida porque la opción del Centro es trabajar y compartir el poder desde la

perspectiva de género. La sede está en la ciudad de Puno. Y tenemos también centros de

atención en distintos lugares, especialmente en Chucuito y en Ilave.

Hemos comenzado a trabajar como equipo en el año 1999, un grupo de sacerdotes,

religiosas y laicos de diferentes nacionalidades, edades y profesiones. La intención desde

el comienzo fue facilitar un espacio de diálogo intercultural e interdisciplinario. Por ello, el

Centro tiene distintas áreas: una, es el área de investigación permanente, otra, la de

formación y la de atención de escucha y acompañamiento.

Dentro del área de formación tenemos la “Escuela de acompañamiento espiritual”. Una

de las sesiones de la Escuela es anual, durante todo un mes asisten personas de

América Latina y el Caribe. Este es el quinto año que se viene realizando en la ciudad de

Chucuito-Puno. Otra sesión es mensual y andina, al servicio de las personas y

comunidades del sur-andino peruano y el altiplano boliviano. Luego realizamos las

escuelas de profundización por regiones para las personas que ya tuvieron la primera

experiencia.

 

La propuesta de la Escuela de acompañamiento espiritual, es porque creemos que el

ministerio de acompañamiento, no es propiedad privada de ningún cargo, institución,

cultura o religión. Creemos en la capacidad que tienen las personas de ayudar con la

escucha, el cariño, respeto y confidencia, a que otras se puedan poner de pie, sanar

heridas, encontrarle sentido a sus vidas, y buscar vivir mejor sus relaciones.

Creemos también en la sabiduría de nuestras comunidades y culturas para encontrar

salud en la resolución de conflictos. Para ello tenemos encuentros y trabajamos junto con

los Yatiris (sacerdotes aymaras), Paccos (quechuas) y con los padrinos y madrinas, pues

son personas e instancias que mantienen nuestras familias y comunidades quechuas y

aymaras, como referentes morales, de consejo, de sanación y de sabiduría.

 

Creemos que el acompañamiento debe ser integral, por ello la capacitación intenta asumir todas las dimensiones de la persona: cultural, psicológica, ética, teológica, social,

espiritual, psiquiátrica etc.

En el año 2003 la escuela se ha realizado durante ocho meses con doce agentes

pastorales y sociales del departamento de Puno, quechuahablantes y aymarahablantes.

Ellos no son profesionales de la salud y se han capacitado para la escucha y el

acompañamiento. Es así que junto con ellos se está ofreciendo el servicio permanente de

escucha, que correspondería a uno de los servicios del Centro de Espiritualidades, junto

con los talleres para mujeres, parejas, jóvenes y niños, sobre escucha, violencia y

reconciliación.

El servicio de escucha es gratuito y lo realizamos en la ciudad de Puno, Chucuito e Ilave.

Atendemos todos los días a las personas que buscan ayuda, asegurándoles la

confidencialidad, el secreto y el compromiso mutuo de acompañamiento realizando

supervisiones personales periódicamente. Fundamentalmente las personas que recurren

al servicio, viven situaciones y relaciones de violencia familiar, generacional y sexual.

 

 

 

Desde este año nos hemos sumado a la propuesta de acompañar a las víctimas de la

violencia política, por ello, somos conscientes de la necesidad que tenemos de seguir

capacitándonos. El equipo también está conformado por psicólogos, psicólogas y una

psiquiatra. Conscientes de que esta es una tarea a largo plazo, nos vamos uniendo con

otras instituciones para sumar fuerzas.

 

El Centro trabaja con el IPA (Instituto de Pastoral Andina), que articula a las iglesias del

sur- andino, y con las Vicarías de Solidaridad de Sicuani, Juli y Ayaviri, en todo lo que sea

capacitación de agentes de pastoral específicamente en el acompañamiento de víctimas y en la reflexión y defensa de los derechos humanos en la línea de Violencia y Reconciliación. También hemos formado la Red de Salud Mental y DDHH con el MINDES, PAR, el CEDEH (Centro de Derechos Humanos) FEDEH (Fe y Derechos Humanos) de Puno, IDEA (Instituto de Estudios Aymaras), Vicaría de solidaridad de Juli y Defensoría del Pueblo.

 

Creemos que es importante sumar recursos, creatividad y esfuerzos, en la posibilidad de

descubrir y potenciar los recursos humanos de cada lugar. Por ello, como Centro

apostamos a la formación de los quechua y aymarahablantes para esta tarea de

acompañar a víctimas de la violencia en general y política en particular.

 

Como Institución, en este momento, estamos acompañando a las víctimas del 29 de

Mayo del 2003, día en que el presidente de la Nación declaró el estado de emergencia, y

la ciudad de Puno se vistió de luto desde la mañana temprano. Hubo enfrentamientos

frente a la universidad, murió un joven y muchos quedaron heridos. Algunos de ellos y

sus familias están siendo atendidos por el Centro. Hay jóvenes que no recuperarán

totalmente sus capacidades, pues los daños son cerebrales e irreversibles.

 

También se está acompañando personalmente a seis víctimas de la violencia política de

los veinte años anteriores, en un proceso lento a lo largo de dos años, con todo lo que

implica trabajar con una persona quechuahablante que viaja de dos a cuatro horas una

vez al mes o cada dos meses, para tener el espacio de escucha. Y aún así soy testigo de

que es posible hacer un proceso de recuperación y de rehabilitación.

Ahora estamos acompañando a las víctimas de la violencia política actual, personas que

viven en Ilave.

Los Sucesos de Ilave.-

Hemos tenido un mes de violencia permanente en Ilave. Durante este tiempo estuve

leyendo mucho a Vallejo y sentía resonar en mi interior las palabras de su poema MASA ..

....y vinieron todos los hombres y le rodearon, les vio el cadáver triste, emocionado, se

incorporó, abrazó al primer hombre; echóse a andar”

Y el de Dios “ te consagro Dios, pues debe dolerte mucho el corazón”.

Yo vivo en Ilave hace ya cinco años. Y este mes ha sido terrible. Creo comprender que a

Dios le duela el corazón pero también creo en la capacidad de solidaridad de nuestro

pueblo.

Ahora acompaño a víctimas de este suceso, no al de veinte años atrás, sino a los papás

de David, el joven que han matado. Como Emaús acompañamos a las personas que

están internadas en el hospital de Puno, a los jóvenes que han visto cómo mataron al

alcalde, a los niños que durante treinta días estuvieron en las calles permanentemente

junto a 20.000 personas que reclamaban ser escuchadas y atendidas en sus reclamos

pacíficos.

Nadie escuchó, atendió, ni siquiera creyó ni se animó a pisar las calles de la ciudad,

porque los de Ilave son “unos salvajes y asesinos”. Este es el nuevo estigma. Durante

este mes sentí lo que dice la Comisión de Verdad y Reconciliación sobre las causas de la

violencia política y lo que decía Bartolomé de Las Casas hace tantos siglos atrás: “¿Es

que acaso estos no son hombres?”. No soy aymara pero vivo en un pueblo aymara y sentí lo mismo. Me imagino cuánto más ellos. Aquí nada ha desaparecido, las causas de la violencia siguen vigentes, la abdicación del Estado, la distancia, exclusión, indiferencia y el quiebre son evidentes. Gritábamos y no escuchaban, pedíamos y no venían. Los

medios de comunicación tergiversaban la realidad, recortaban la información o se

negaban a transmitirla, Ilave era una ciudad parada sin educación, salud, comercio ni

transporte.

 

En este momento sentimos todas las secuelas de esta violencia. Las esposas e hijas de

los dirigentes no pueden dormir, no saben si durante la noche entrarán encapuchados a

buscar a sus esposos o hijos. A los jóvenes y niños que asisten a la escuela en Puno los

tildan de asesinos, en las combis la gente insulta a los ilaveños como salvajes, a las

mujeres que van al mercado a vender sus papas y chuños les gritan: “ustedes han puesto

una mancha negra en nuestra cara”.

Estamos nuevamente con las causas de la violencia presentes, los estigmas son actuales, la situación es de desconfianza permanente, no se sabe quién es quién. Se han dividido comunidades y familias; es una ciudad en guerra, una violencia implícita y sostenida por el Estado, los medios de comunicación, por la distancia, el silencio, y por aquellos que apoyándose en un reclamo social justo, se han infiltrado buscando intereses de grupo.

 

Parece ser que hay quienes necesitan que el conflicto, la tensión, la distancia y la

ausencia de respuesta permanezca. El mensaje era: “ustedes no existen” y algunas

actitudes de los comisionados que daban a entender que la gente de este pueblo era

infradotada o menor de edad.

 

Ante todo esto hemos creado un espacio como iglesia de discernimiento y análisis

permanente, pues recordamos que la iglesia del Sur Andino hace veinte años, fue ágil en

articular, comunicar y crear modos que impidieran que el Sur fuera un segundo Ayacucho.

 

Analizamos viejas y nuevas causas. No sólo siguen presentes las mismas, sino que se

sigue hincando sobre las mismas causas, abriéndolas cada vez más. ¿Son viejas

enfermedades y nuevas formas de expresión?

 

Por ello como Institución, Emaús y en la Red que hemos formado, creemos que no sólo

debemos atender a las víctimas sino que Salud tiene que ver con un análisis profundo de

lo que pasa para no caer en asistencialismo. Creemos también que la intervención a nivel

político tiene que estar presente como propuesta de salud mental y DDHH.

 

Sería interesante confrontar y entrar en diálogo entre Redes de costa , selva y sierra.

¿Cómo acercar a los tan distantes? ¿Cómo compartir y buscar desde la marginación,

lenguaje diferente, desde los que tienen estigmas similares, desde los no atendidos,

desde los lugares que tienen menos poder, desde los campesinos, indígenas?

 

 

Las causas profundas de la violencia están vivas, y una de ellas es la terrible distancia

que hay entre unos y otros. El quiebre, la fractura, no entender e incorporar al que es,

piensa, interpreta y comprende de una manera diferente.

 

Nos sumamos al tejido de colores y tensiones diferentes. Creemos que esto puede ser

una riqueza, creemos en la capacidad de nuestra gente y de nuestras culturas, para

acompañar, defender y hacer resurgir la vida en medio del dolor.

Respuestas o comentarios a las intervenciones del público

Creíamos que no iba a pasar esto de Ilave, inmediatamente nos hemos convocado y en la medida que pudimos tomar un poco de distancia de lo que nos afectaba, nos

comunicamos con el resto de la iglesia del sur andino y nos sentarnos a ver qué hacer.

Creo que eso es importante, sentarse, hallar estrategias de información, de comunicación, de un análisis pronto de la realidad, cómo ir tocando a personas que puedan hacer intervenciones directas y acercar la distancia que hay entre Estado, población y ciudadanía.

 

Estamos trabajando en mesas de concertación, pienso que esto de Ilave fue un antes y un después, nos están cambiando de lugar como Iglesia a la hora de ver de qué manera

intervenir para prevenir mayor violencia. Y por otro lado, el temor está presente, porque se ve que lo que se creía acabado no se ha acabado, hay grupos violentistas, están ahí,

localizarlos y focalizarlos es hacer prevención y capacitar a la población. Por eso en la

red, nos hemos propuesto trabajar a dos niveles: información y a nivel terapéutico. La

gente que ha venido y con la que estoy haciendo terapia, justamente ha desencadenado

gracias a la información que recibió, entonces creo que esto es fundamental a la hora de

buscar terapia o ayuda. Así que por un lado, hay que dar mucha información con

respecto al informe de la Comisión de la Verdad y Reconciliación y por el otro, atención.

De la Revista TESTIMONIO, Chile, 2001

 

3 - TERNURA Y TRANSGRESION

La afectividad masculina y femenina desde el celibato

Estoy en mi cuarto, sentada, rezando y disfrutando de ese tiempo necesario de intimidad

con el Señor. Tomo mate argentino y tengo la Palabra en mis manos. Y a través de la

ventana veo, en el cerro que está frente a ella, a una pareja trabajando en la chacra. Él

con el pico, va sacando la mala hierba y ella, con sus trenzas, pollera y sombrero, las va

recogiendo y colocándolas sobre el aguayo (= manta de colores que cargan sobre sus

espaldas las mujeres andinas).

 

Juntos en un mismo terreno, haciendo el trabajo cotidiano bajo el fuerte sol del Altiplano.

Se detienen, conversan, pero el mayor tiempo transcurre en silencio.

Dionisio y Natalia, amigos y vecinos, nos cuentan que solos no pueden trabajar la chacra

que tienen que ir los dos. Disfrutan cuidándola, sembrando, cosechando y barbechando.

“ Es alegría hermanita, la papa está contenta”, exclama Natalia.

 

Este mundo Aymara me hace presente , explícita e implícitamente “La unidad de los

dos”. No se concibe aquí al hombre sin la mujer, ni a la mujer sin el hombre. “ El hombre

que se queda solo se pone loco, hermanita, y cuando se casa se pone bien”.

Hombre y mujer se comprenden y viven en una relación mutua de intercambios, lugares,

acuerdos, funciones, obediencias, ritos. Pasan a “Ser persona” para la comunidad, una

vez que contraen matrimonio, donde “solo ella”, la muerte, los puede separar.

 

Junto con esta realidad, recibo desde el ministerio de Escucha, a muchos jóvenes,

hombres y mujeres aymaras que lloran su dolor por la violencia y abusos que viven en sus relaciones. ¡ Qué misterio Señor, la vida! ¿Es que acaso no es como los aguayos que

usan y tejen las mujeres, diversos colores, tensiones de lanas, contrastes, y sin embargo,

hacen una unidad. ¿Quién de nosotros en su misma trama existencial, no descubre a

través de los años esta misma variedad, mixtura y diferencia de tensiones?

Convivencia, en una misma historia y cuerpo, de contrarios aparentemente

irreconciliables e imposibles, muchas veces, de soportar: alegría- tristeza, fortaleza-

fragilidad, seguridad- impotencia, fe- desconcierto, estar con muchos/as - honda soledad y ver,“decir claro” y obrar incoherentemente.

 

¿Acaso tenemos derecho a una mirada de juicio “claro y distinto”, al análisis psicológico,

moral o religioso y a la búsqueda de causas, y / o culpables ante esta experiencia

humana? Quizá..... Parece ser que esto es lo profundamente humano, allí donde nos sentimos solidarios todos y todas, aunque pertenezcamos a diferentes culturas.

 

¡Esta humanidad común, tan bella , preciosa y amada por Dios, y tan sufrida y dolorosa

para nosotros y para Él también! Pero esto no le ahogó ni el deseo, ni la pasión, ni el amor para asumirla y abrazarla en su totalidad.

 

Nuestra afectividad de hombres y mujeres en la vida religiosa

Nuestra afectividad como religiosos/as ¿Acaso es muy diferente a la de cada hombre y

mujer con quien caminamos cada día?

Quizá sea lo primero en reconocer. Somos de ellos hermanos, iguales en deseos,

necesidades y búsquedas. Con toda esa marca de ambigüedades.

¿Por qué seguimos eligiendo ser religiosos/as hoy?

¿Tiene sentido invertir corazón, sexualidad en este modo de vivir como varones y

mujeres?

Gracias a Dios es tiempo de preguntas compartidas y no de respuestas establecidas.

Pues, quien pretenda darlas, creo que ya es signo de que no tiene nada claro

existencialmente, quizá sí a nivel racional y moral, pero dista cuando se “embarra” con la

existencia común a todos y todas.

 

Bendito sea Dios que nuestra Vida Religiosa hoy, no tiene la capacidad ni siente el

derecho de “decirle” a otros cómo vivir, pues por un lado se nos han ido muchos

hermanos/as, quebraron opciones que teníamos claras y además, somos acusados en

EEUU, Irlanda, África, y en nuestros países de América Latina (aunque no con tanta

claridad y valentía), de perversos y pervertidos sexuales.

 

Y sabemos que hay mucho de verdad. Pues lo hemos vivido en las comunidades, hemos

acompañado desde las terapias y en la formación a hermanos y hermanas que han

sufrido estas situaciones. No lo podemos negar.

Hemos sido expertos en ocultar experiencias de abusos y violaciones homo y

heterosexuales vividas dentro y fuera de nuestras comunidades. Obispos, sacerdotes,

maestros y maestras de novicias que han seducido, manipulado y abusado física y

moralmente. Y esta realidad, sin entrar en más detalles, ni datos estadísticos, pues lo

sabemos, ya no son de nuestro ámbito privado , ni están “cuidadas” por la estructura

institucional. Es de conocimiento público y reclaman justicia.

Este es el tiempo de Gracia, el momento de Salvación.

 

¿Con qué humildad y sencillez reconocer como Vida Religiosa que aquellos/as que nos

decíamos vírgenes, castos, puros por Dios y el Reino, no lo somos tanto?

Pero no por ello somos menos amados/as por Dios, ni tenemos menos derechos a buscar

nuestro sentido más profundo como hombres y mujeres que buscan y merecen ser felices.

Esta pareja aymara sigue al rayo del sol del mediodía trabajando. ¿Qué se dirán,

pensarán, vivirán, sentirán?

 

Para mí desde aquí , son signo de una realidad más profunda. Los dos juntos, de modos

diferentes, en un terreno común para un fin común. Hoy fueron a la chacra porque

estaban los dos, pues solo cada uno no hubiera podido hacer ese trabajo.

Ahora les comparto, desde este lugar, mis preguntas y tanteos.

 

Despertar la nostalgia

 

Además de esta humildad, “andada en verdad”, de nuestra pobre y rica humanidad, creo

que hay algo a recuperar : el deseo.

Me pregunto ¿ Cuál es el deseo de Aquel que nos ama y nos ha hecho embarcarnos en

esta travesía ? “Os he dicho esto para que mi gozo esté en vosotros y vuestro gozo sea

colmado” Jn. 15,11.

Parece ser que el deseo de Dios es reconciliarnos con su deseo originario sobre nosotros.

Que seamos sus gozadores porque Él es gozo. Y además en abundancia rebosar nuestra

capacidad. Nos asegura que nuestra tristeza se convertirá en gozo y que va a colmar

nuestra alegría y que esta va a ser eterna, pues nada ni nadie nos la va a quitar. Jn.

16,20.22. ¡Vaya promesa! Y lo va a repetir a lo largo de toda su Palabra. Como si fuera

una obsesión divina, su deseo es hacernos gozar sin límites. Y para ello no hay

obstáculos insalvables. Aún el pecado, por más atroz que sea, Jesús nos dice:

“... el gozo y alegría del Señor es mayor cuando un pecador se arrepiente que por muchos

que se creen justos” Lc 15,7. Ni el temor ni la tribulación, persecución, enfermedad,

sufrimiento ( Lc 28 2 Cor 7,4, Rom12,12) nos van a impedir disfrutar del Gozo del Señor,

aunque convivan en el camino y en el mismo cuerpo.

 

Esta convivencia de gozo y tristeza, temor, tribulación nos resulta bien cercano a nuestra

realidad. Y a veces es como si opacaran esta vocación profunda a ser felices, a amar y a

que nos amen ¿Quién puede decir que no busca en su vida ser feliz?

La herida de nuestra humanidad es tan honda que nos hace perder de vista este deseo

común a vivir el gozo de ser hijos y hermanos queridos, estar en la misma casa, tener los

mismos derechos, disfrutar de Su presencia.

 

Somos objeto de su deseo (Ct 7,11) Él quiere nuestra presencia en su intimidad, quiere

contarnos sus secretos, que comamos en su misma mesa que recreemos junto con Él la

alianza, que hagamos junto con Él nuevas todas las cosas.

¿Podemos sentirnos identificados como los gozadores de Dios?

Creo que nos han formado para ser signos escatológicos de muchas cosas, o para ser los siervos/as sufrientes y flagelados/as por “ la vida”. Pero no para ser los que actualicen

este deseo único de Dios: que gocemos con Él de todos sus Bienes.

¡Gime, busca, crea, canta!

 

Asumirnos humanos es aceptar que fuimos creados para gozar, y reconocer que la herida

profunda que tenemos es una herida afectiva y sexual. Nos cuesta asumir que el camino

de nuestra realización está marcado por la urgencia del encuentro con el otro .

Aquí se instala el deseo.

 

Deseo no es necesidad, ni tampoco demanda, exige ser reconocido por él mismo.

Tampoco se realiza por ser buenos, cumplidores o fieles.

 

Asentándose en el “yo profundo”, puja atravesando todas las fibras de nuestro ser

convirtiéndose en gemido constante que nos lleva durante toda la vida a buscar. Si

llegamos a descifrar su mensaje, descubrimos que tiende hacia la realización del

“encuentro” . Nos saca permanentemente de nosotros , nos “obliga” a establecer lazos

separándonos de la soledad estéril. Nos despierta la nostalgia del otro en nuestras vidas.