Hoy no necesitamos forzar la imaginación, porque el materialismo, la globalización y el secularismo ya nos han mostrado lo que puede ser un mundo sin Cielo, sin países, sin religión... Nos han mostrado un mundo donde sigue faltando la paz.
Hoy no necesitamos imaginarnos que no hay Infierno debajo nuestro. Lo que necesitamos es hacer que el Infierno deje de estar presente sobre la superficie de nuestra tierra. Ese Infierno no se terminará borrándolo mediante un acto de imaginación. Tampoco la gente vivirá en paz decretando la desaparición del Cielo.
La paz no se logra mediante una imaginación utópica, negando las realidades dolorosas de nuestro mundo. Tratamos de imaginar un lugar donde no haya sufrimiento. Pero eso es un no-lugar (griego: ouk-topos). La utopía es un sueño que se disipa al abrir los ojos.
La fe, en cambio, es semejante a un despertar. Es un abrir los ojos con una mirada más luminosa. Lejos de ser un caminar como ciegos, confiando en la palabra de otro, la fe consiste en ver más allá de nuestras impresiones inmediatas de la realidad. La fe no proyecta en la imaginación lo que nos gustaría que existiera. Al contrario, la fe nos muestra bienes que no nos animábamos a esperar, porque nos parecían un deseo excesivo.
La fe permite ver lo que habitualmente no se ve y que, por tanto, se supone inexistente. Lo re-vela. Es decir, nos ayuda a correr los velos que tantas veces tapan nuestros ojos. Nos ayuda a descubrir signos de vida en medio de realidades de muerte, posibilidades de cambio donde la fatalidad y el pesimismo parecen imponerse. La fe puede descubrir capacidad de amar aún en entornos de odio y violencia. Puede descubrir la presencia del prójimo donde cada uno se preocupa de su propia necesidad.
La fe no es una huída del más acá de nuestro mundo. Por el contrario, por ella se experimenta la presencia de una Bondad infinita que nos ayuda a orientar la propia vida, para que otros también la experimenten. Es importante decirlo constantemente: la existencia de esa Bondad no puede demostrarse mediante argumentos. Debe manifestarse mediante actos concretos:
«Brille ante los ojos de los hombres la luz que hay en ustedes, a fin de que ellos vean sus buenas obras y glorifiquen al Padre que está en el cielo» (Mateo 5,16).
La fe verdadera es la que mueve a realizar obras y no se queda encerrada en un sentimiento. En esto también convergen las tradiciones religiosas del judaísmo, el cristianismo y el islam:
«Lo que odias, no se lo hagas a tu prójimo: esto es toda la Ley; el resto es sólo comentario» (Talmud Shabat 31a).
«Todo lo que deseen que los demás hagan por ustedes, háganlo ustedes por ellos: porque ésta es la Ley y los Profetas» (Mateo 7,12).
«Ninguno de ustedes tiene fe hasta que quiera para su prójimo lo mismo que quiere para sí mismo» (Hadith 12, Bukhari).
En nuestro mundo marcado por confrontaciones, pero también promotor del diálogo, los creyentes de los diversos credos estamos llamados a superar las «controversias» que nos distanciaron en el pasado. No debemos tratar de demostrar la superioridad de la propia religión, sino promover unidos la justicia social, los bienes morales, la paz y la libertad para todos los hombres (Nostra Aetate 3). Las diferencias seguirán existiendo, pero ellas pueden servir para estimular la conducta de todos los creyentes. Lejos de separarnos, podrían enriquecer nuestra propia vivencia:
«Dios, si hubiera querido, habría hecho de ustedes una sola comunidad, pero quería probarlos en lo que les dio. ¡Rivalicen en buenas obras! Todos volverán a Dios. Ya los informará El de aquello en que ustedes discrepaban» (Corán 5,48).
No debemos tratar de imaginar un mundo en paz. Debemos vivirlo cada día en nuestro entorno. Como creyentes disponemos de una riqueza espiritual y ética que hemos recibido durante siglos de tradición. Compartiéndola, podremos hacer una importante contribución a un mundo más pacífico y justo, según la formulación de un teólogo contemporáneo:
«No habrá paz entre las naciones sin paz entre las religiones.
No habrá paz entre las religiones sin diálogo entre ellas.
No habrá diálogo entre las religiones sin criterios éticos globales.
Nuestro planeta no podrá sobrevivir sin una ética global, sin una ética mundial, asumida conjuntamente por creyentes y no creyentes» (Hans Küng).
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